El Reino en el Bosque
Soy Lorraine, tengo 71 años, y todavía recuerdo la primera vez que papá nos llevó de campamento a las cinco acres de bosque que él llamaba «nuestro pequeño reino». No era gran cosa, solo un terreno arbolado escondido en los Ozarks de Missouri—árboles desgarbados, un arroyo bordeado de piedras, una vieja bomba de agua—pero para nosotras era mágico. Nos construyó una casa en el árbol con columpios de cuerda, y mamá pintó letreros de madera señalando reinos imaginarios: «Hacia las Cascadas de las Hadas», «Hondonada del Troll», «Colina de Picnic».
Mi hermana Elaine y yo pasábamos horas explorando esos senderos, inventando historias sobre las criaturas que vivían allí. Bombeábamos aquella vieja manivela oxidada hasta que nos dolían los brazos, solo para salpicarnos con el agua fresca en los días calurosos de verano. Por la noche, nos sentábamos alrededor de la fogata mientras papá señalaba las constelaciones, con la voz baja y reverente, como si estuviera compartiendo los secretos del universo.
«Esta tierra siempre estará aquí para ustedes, niñas», decía. «Un lugar al que volver cuando el mundo se vuelva demasiado ruidoso.»
Mientras me siento en mi porche con mi café de la mañana, esos recuerdos se sienten tan vivos como ayer, aunque la artritis en mis manos cuenta otra historia. Elaine y yo juramos que nunca la venderíamos. Pero eso fue entonces, antes de que la vida nos llevara por caminos distintos, antes de que se tomaran decisiones que pondrían a prueba la promesa que le hicimos a papá y entre nosotras.
